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La mujer del César y el asesinato de Kennedy.

Por Eugenio Yáñez *

Más de cuarenta años después del asesinato del Presidente de Estados Unidos el 22 de Noviembre de 1963, el tema vuelve a la actualidad con inusitada fuerza, y salen a la luz pública diferentes evidencias e informaciones que, si por un lado parecen contribuir al esclarecimiento, por el otro arrojan más sombras sobre un tema de por sí escabroso y confuso.

El documental “Cita con la Muerte”, del director Wilfried Huismann, transmitido por la Televisión Pública alemana hace algunos días, ha resultado un verdadero cataclismo y ha traído nuevamente a las primeras planas la acusación de la supuesta participación de los servicios secretos del gobierno cubano en el magnicidio de Dallas.

El gobierno cubano, por su parte, ha desmentido enfáticamente la acusación y a la vez contra-acusa a los servicios secretos de Estados Unidos y grupos del exilio en Miami como los planificadores y ejecutores del hecho y, como cortina de humo, enfocan sus dedos acusadores hacia La Habana.

Llegar al final de la madeja resulta harto difícil y complicado, no solamente por el tiempo transcurrido, sino por la cantidad de información sensible y clasificada que se mueve en este tema, que ninguno de los factores involucrados tiene interés en divulgar.

No es la primera vez que esta acusación y el consabido debate salen a flote, ni tampoco la primera que el gobierno cubano la refuta enérgicamente. Sin embargo, en el presente debate hay elementos novedosos que no se presentaban con regularidad anteriormente.

El primer aspecto tiene que ver con la mujer del César, quien además de ser casta debe parecerlo: lo más significativo en esta situación es que, aún cuando las evidencias no sean conclusivas en cuanto a la responsabilidad de los servicios secretos cubanos en el magnicidio del 63, PARA MUCHOS AMPLIOS CÍRCULOS DE OPINIÓN NO ES FÁCIL PONER EN DUDA QUE PUDIERA SER CIERTO.

En otras palabras, la mujer del César no parece tan casta como debiera. Si lo hizo o no el Gobierno cubano, es una cosa, pero la percepción generalizada tiende a considerar QUE PUDIERA HABERLO HECHO.

Conociéndose todo lo que se ha conocido sobre las actividades de inteligencia del gobierno cubano, son muchas las personas en el mundo que no se sorprenderían si esta culpabilidad se demostrara, lo cual indica la valoración ética que internacionalmente se asigna en la actualidad al aparato de seguridad castrista.

Las denuncias del documental no han sido corroboradas, y hay muchos puntos oscuros en la historia cuya clave puede estar en algún archivo en Ciudad México, aparentemente sepultado en el olvido por conveniencia de muchos.

¿Qué puntos significativos dan vuelta en todo esto y llaman la atención?

1.- El Motivo

Es de público conocimiento que el Gobierno de Estados Unidos, a través nada menos que de su Fiscal General, Robert Kennedy, estaba envuelto desde tiempo antes en planes destinados al asesinato de Fidel Castro, y con ese objetivo había establecido o dado luz verde a vínculos con de la mafia.

Los contactos del Gobierno de Estados Unidos con la mafia italiana durante la Segunda Guerra Mundial para facilitar desembarcos aliados en Italia no son comparables en lo más mínimo a estos contactos del Secretario de Justicia y hermano del Presidente para enviar a la otra vida a un Jefe de Estado extranjero.

Es cierto que se trataba de un gobierno democráticamente electo enfrentado a un líder revolucionario devenido en dictador, que meses antes, en plena crisis de los misiles, había solicitado a Nikita Jrushov que lanzara el primer golpe nuclear contra Estados Unidos, pero también los planes para sacar de esta vida a Fidel Castro fueron comenzados por Estados Unidos mucho antes de estos incidentes.

No se justifica un magnicidio de ninguna parte, pero si la respuesta de Castro hubiera sido devolver el golpe a Estados Unidos por los intentos de asesinarlo, se hubiera tratado de un proceso insertado en la lógica confrontacional de las relaciones entre ambos países.

La conversación no casual del dictador cubano con el Embajador brasileño en La Habana, poco antes del magnicidio, advierte claramente a Estados Unidos que Castro no se iba a quedar cruzado de brazos ante los intentos de asesinarlo.

Que había motivo palpable para intentarlo --ojo por ojo, diente por diente-- no se pone en duda, pero no necesariamente significa que el asesinato se haya planificado o ejecutado por parte de los cubanos. De haber sido así, la seguridad cubana hubiera demostrado una efectividad muy superior a la de los servicios secretos norteamericanos, que en diferentes intentos –aunque no tantos como acusa Fidel Castro-- nunca lograron ni acercarse al éxito de sus operaciones.

2.- El Instrumento

Lee Harvey Oswald, identificado como el “killer” del Presidente, odiaba visceralmente a los Estados Unidos, era colaborador de la KGB soviética, no extraño para los servicios cubanos. Si Castro estaba incómodo por los planes de los Kennedy para asesinarlo, Jrushov lo estaba por la humillación recibida en la prueba de fuerza de la crisis de los misiles del 62, que en última instancia le costaría el cargo posteriormente.

Cuba ha desmentido absolutamente, ahora a través del desempolvado General retirado Fabián Escalante, de los servicios secretos cubanos, que Oswald haya estado en Cuba en algún momento, y tilda de falsas supuestas cartas enviadas por Oswald desde Cuba, que el gobierno alega se utilizan como pantalla para probar una supuesta estancia en el país.

Aunque en aquellos años las actividades de chequeo de correspondencia de los individuos no estaban tan generalizadas ni sofisticadas como posteriormente, es imposible pensar que un norteamericano en Cuba escapara a los controles de correspondencia al exterior.

De ser Oswald el “gatillo” designado que Castro protegía o entrenaba, no hubiera podido enviar ni una postal de felicitación a su abuelita desde Cuba. Si era imprescindible que escribiera desde Cuba, no lo hubiera hecho en sobre con su nombre como remitente, ni por los canales habituales del correo cubano, dramáticamente ineficiente y demorado.

El General Escalante asegura que las cartas de Oswald son falsas, lo cual sería fácilmente demostrable de saberse donde estaba Oswald en esas fechas, y sustentaría la tesis cubana de que Oswald nunca estuvo allí.

Oswald, sin dudas, estuvo en la Embajada cubana en Ciudad México y solicitó visa para una estancia de tránsito en Cuba rumbo a la Unión Soviética, que le fue negada. Desde Ciudad México tenía diferentes vías para volar hasta la URSS, y no estaba obligado a hacerlo solamente vía Cuba.

En otro país esto puede ser asunto consular, pero un americano en México pidiendo visa para Cuba y seguir rumbo a la Unión Soviética, no es asunto que quede en manos de la burocracia consular isleña, ni se maneja ajeno a los servicios de seguridad cubanos y las consiguientes coordinaciones con la KGB.

Se le negó ese visado a un americano renegado que contaba con la bendición de la KGB y deseaba continuar hacia Moscú. O la negativa fue pantalla para que quedara registrada, mientras viajaba a Cuba con pasaporte falso y nombre prefabricado, sin que quedaran rastros. Difícil saberlo.

3.- La Operación

Sin entrar en paranoia conspirativa, al mantenerse en secreto por parte del gobierno americano una buena parte de la información relativa al asesinato de Kennedy, quedaron dudas de si efectivamente Oswald solo había asesinado al Presidente o si fueron varios tiradores, a pesar de que la Comisión Warren señalaba a Oswald en solitario.

Para organizar el asesinato de un Presidente durante una caravana oficial en marcha, disparando a considerable distancia, además de excelentes tiradores hacen falta una serie de personas, recursos, informaciones, logística.

Normalmente, a excepción de los fanáticos suicidas que vuelan junto a las víctimas, el “killer” de cultura occidental, como era Oswald, necesita una puerta de salida una vez consumado el hecho, y mientras más rápido y más lejos, mejor.

Oswald no pudo escapar después del atentado, o quizás consideraba más conveniente y saludable que fuera capturado, acusado y juzgado. Los resquicios del sistema judicial norteamericano podrían utilizarse a su favor para terminar en una condena leve si no en una absolución: dinero no faltaría, ni abogados dispuestos a lograr su descargo.

Alguien muy poderoso tendría que haberle prometido a Oswald un tratamiento benigno, insignificante comparado con los servicios que prestaría a “la causa” al despachar al Presidente. Al fin y al cabo, Ramón Mercader había soportado estoicamente veinte años en la cárcel mexicana por asesinar a Trostki. Sin embargo, promesas de ese tipo no llegan desde ciudadanos privados, aunque les sobre el dinero, sino de gobiernos o servicios de inteligencia muy vigorosos.

Tal vez Oswald, después de disparar, presintió que era “el hombre que sabía demasiado”, y a pesar de todo su odio patológico al sistema estadounidense, comprendió que estaba más seguro tras rejas americanas que libre y a merced de sus camaradas.

“Cita con la Muerte”, el documental alemán, señala que el hoy General cubano Fabián Escalante viajó como único pasajero en avión privado desde Ciudad México a Dallas el 22 de Noviembre de 1963, y regresó la noche de ese mismo día, cuando ya Kennedy era cadáver y Oswald un detenido.

Casualidad es una categoría no compatible con el trabajo de los servicios secretos. No es que el General haya estado directamente vinculado a la operación, y mucho menos como ejecutor, pero es muy significativa esa presencia en el lugar y en el momento preciso, de alguien que no tenía nada que hacer allí. Y mucho más su regreso tras la detención de Oswald.

4.- El “Cierre”

No es nada descabellado pensar que quien ordenó a Oswald disparar, pues no lo hizo por su cuenta y riesgo, haya pensado darle al killer el mismo tratamiento que éste dio al Presidente, para borrar toda posibilidad de llegar hasta el cerebro de la operación.

Como quiera que haya sido, las autoridades americanas identificaron a Lee Harvey Oswald y lo detuvieron. A pesar de todo lo que se haya respetado el “debido proceso” con el detenido, Oswald tiene que haber sido apretado bastante durante las horas que estuvo detenido: la información que pudiera poseer resultaba vital para los servicios de seguridad de Estados Unidos.

Tras haber asesinado al Presidente Oswald no era una amenaza para Estados Unidos, pues ya el daño estaba hecho, sino un activo muy valioso para los servicios secretos americanos; pero ahora era demasiado peligroso para los conspiradores que fraguaron el magnicidio.

Si la eventual misión de Fabián Escalante en Dallas incluía o no asegurarse de que Oswald “no cantara” (el lenguaje mafioso se impone en esta trama), es difícil de saber, pero se puede apostar, como dicen en Cuba, que ni en los centros espirituales aparecerá evidencia escrita o documental para confirmarlo.

Jack Ruby era un “tipo duro”, del bajo mundo, para quien andar en enredos y armado no era extraño ni sorprendente. Lo sorprendente es que al día siguiente del asesinato del Presidente, este sujeto armado pudiera entrar hasta donde se encontraba Oswald, el preso más importante de la nación más poderosa del mundo en un momento de extremo peligro como el inesperado cambio de poderes, escurrirse entre cientos de agentes federales y policía local, acercarse hasta al detenido y, ante las cámaras de la televisión, asesinarlo tranquilamente a quemarropa.

Con el asesinato de Oswald se interrumpía momentáneamente cualquier posibilidad de adentrarse inmediatamente en la trama del complot: Jack Ruby hizo un excelente servicio a los conspiradores, quienesquiera que fueran. Es difícil pensar que un gangster como él asesinara a Oswald en un arranque momentáneo de patriotismo herido. Es más probable que sirviera a algunos, fueran fuerzas oscuras dentro de los mismos Estados Unidos o de la inquebrantable hermandad cubano-soviética.

Tal vez aunque debía matar a Oswald, ni siquiera sabía por qué. Los “tipos duros” no preguntan demasiado. Asesinar un asesino es menos grave que asesinar un Presidente. Pasado un tiempo, las cosas se calman, se argumentan demasiados factores en su defensa, atenuantes, cargos de homicidio, y puede recibir algunos años de cárcel con relativa benevolencia, hasta salir a la calle nuevamente.

No es turismo de cinco estrellas, claro, pero una jugosa cantidad de dinero puede llevar al “duro” a pensar en comprarse su cómodo retiro sin tener que hacer más nada el resto de su vida. La cárcel no era algo para intimidarlo, si llegara a “cantar” no podría enredar su madeja con la del detenido Oswald –nunca estuvieron en contacto más que el 23 de Noviembre cuando lo asesinó-- su crimen no era “político”, sino más bien “patriótico”, y nadie se conduele demasiado cuando se asesina a un asesino.

Jack Ruby murió en la cárcel algunos años después, de un cáncer muy oportuno para muchos, y hasta donde se sabe nunca dijo nada que permitiera retomar el hilo que se interrumpió al asesinar a Lee Harvey Oswald de un certero balazo ante las cámaras de televisión. Los conspiradores se beneficiaron doblemente con Jack Ruby, como con Lee Harvey Oswald, primero con sus actuaciones, y después con sus muertes.

5.- El Oficial cubano de Inteligencia

Oscar Merino habla en el documental camuflado, de espaldas, con voz entrecortada que muestra el paso y el peso de los años. Oficial de inteligencia cubano exiliado en México, experimentado, sabe perfectamente que lo que está diciendo al documentalista alemán no se paga con menos que con la vida.

No importa si es cierto o no lo que ha dicho. Hay reglas no escritas en todos los servicios secretos del mundo. Determinadas cosas se dicen solamente a quien deben decirse en el momento de un reclutamiento hacia el otro bando o una doble agentura, pero no se dicen en público, y menos en un documental: pecado mortal, de lesa inteligencia.

Hasta ahora cargaba su secreto en silencio absoluto, hasta que de pronto dice cosas que estremecen, y señala claramente que Oswald era el “lógico” individuo para esa operación, por muchas cosas.

Se puede desmentir a Merino o no en su narración, pero él estaba en el centro del huracán en México en 1963, y las cosas que dice no se las imagina ni las inventó. Será su percepción, que al cabo de cuarenta años bien puede estar distorsionada, pero convence al decir que Oswald no fue un simple visitante de la Embajada para solicitar una visa, sino alguien en contacto con el servicio secreto cubano.

No hay manera de saber si todo lo que cuenta es exacto, si él fue el oficial que atendió a Oswald, o quienes más estaban en el caso: asuntos de esta naturaleza se compartimentan al máximo y no se comentan después comiendo tacos o bebiendo tequila. Hay más de cuarenta años de por medio, pero lo fundamental no cambia: Oswald no fue un visitante ocasional pidiendo visa.

Ni la Embajada cubana en México era una más. Con Moscú, Madrid, El Cairo y Argel (antes que Luanda en los setenta), fue siempre de las priorizadas por la diplomacia y los servicios secretos.

Su relativa cercanía a Dallas importa relativamente: hubiera sido igual si el magnicidio se hubiera planificado para Alaska o Hawai. México era y es plaza fuerte de la inteligencia cubana, la tradición “revolucionaria” mexicana y la influencia entonces de figuras de prestigio como el ex Presidente Lázaro Cárdenas, que miraba con buenos ojos a Cuba, facilitaban las cosas para los servicios cubanos. Los mexicanos no eran cómplices, sino que simplemente no veían en Cuba un peligro inminente.

En México vivieron exiliados dirigentes del antiguo Partido Comunista cubano, Castro preparó la expedición del Granma, Che Guevara y los guatemaltecos que apoyaron a Arbenz se refugiaron allí. Y México era, si no antimperialista, anti yanki.

Cualquier cosa que se pueda haber cocinado con Oswald se hizo en México. Tal vez los soviéticos no quisieron aparecer directamente en el país azteca, y canalizaron las cosas a través de los cubanos: si él fue a Cuba o a la URSS posteriormente fue para los detalles.

Dos meses antes de asesinar a un Presidente de Estados Unidos nadie cándidamente visita una Embajada para pedir una visa a un país enemigo del Presidente que se intenta asesinar, y seguir viaje a otro país enemigo de ese mismo Presidente.

Recorrer Ciudad México en automóvil para contar algo tan grave en lo que va la vida, y que sucedió más de cuarenta años antes, no es deporte tranquilo para nadie. Oscar Merino no dijo todo lo que sabe o recuerda, o al menos no aparece en el documental.

¿Qué le hizo romper su silencio de décadas? Tal vez los años y los achaques le llevaron a desahogarse, contando sus secretos a manera de expiación. O tal vez sintió o intuyó la larga mano castrista acercándose a él, y quiso golpear antes contando todo esto.

Como sea, tal vez su cuarto de hora de gloria culminó. Desató los perros de la guerra con sus revelaciones, completas o no, y trajo otra vez a primera plana un tema nunca cerrado completamente. Si explicó muchas cosas, también dejó muchas preguntas.

No es probable que hable nuevamente, pero ya señaló el dedo acusador al corazón mismo del asunto: los archivos mexicanos.

6.- La Caja de Pandora Mexicana

Los investigadores norteamericanos nunca han sido tontos: trazaron en detalle la pista de Lee Harvey Oswald y comprendieron claramente que México era un punto clave para desentrañar el misterio.

Según el oficial del FBI encargado principal del interrogatorio, Oswald se había mantenido ecuánime y hasta altanero durante la interpelación, pero cuando se le preguntó directamente sobre qué había ido a hacer a México dos meses antes del atentado, el asesino cambió por completo y se mostró muy tenso: un investigador experimentado como quien le interrogaba comprendió enseguida que la clave estaba en México.

Cualquier servicio secreto que analiza el asesinato de su gobernante tratará de entender los motivos, la planificación, y el modus operandi, y quiénes resultan los beneficiarios de esa muerte. Es lógico, cuando eso ocurre, que se mire hacia los países enemigos para tratar de descubrir señales que permitan esclarecer lo sucedido.

No hacía falta ser paranoico ni vivir orquestando campañas políticas para que Estados Unidos mirara hacia los gobiernos de la Unión Soviética, Cuba, Europa del Este, y determinados movimientos revolucionarios a la hora de querer desentrañar el asesinato del Presidente.

Ni el menos aventajado alumno de la escuela del FBI dejaría pasar por alto que Oswald estuvo en contacto con la Embajada cubana en Ciudad México, ni aceptaría explicación de que visitó la Embajada para solicitar una visa que se le negó.

Cuando los investigadores americanos se acercaban muy rápidamente a los archivos mexicanos para desentrañar las claves, una orden presidencial de Lyndon Johnson los detuvo, según el documental. No pudieron trabajar más de tres días.

Aparentemente, Johnson estaba convencido, o informado, según “Cita con la Muerte”, que la madeja terminaría en Fidel Castro, y que de ser así la población de Estados Unidos demandaría una acción vigorosa de represalia cuando conociera esta información.

Un año después de la crisis de los misiles de 1962, donde el mundo estuvo a instantes de destruirse en una guerra nuclear, Johnson no estaba dispuesto a correr el mismo riesgo de otro enfrentamiento con la Unión Soviética si realizara ataques de represalia contra Cuba. Y ni siquiera estaba claro si, definitivamente, no quedaban armas estratégicas en Cuba.

Había conocido la crisis de Octubre desde muy cerca, como Vicepresidente, y aunque su condición de Presidente era absolutamente legítima al sustituir constitucionalmente al Presidente asesinado, no se sentía con el liderazgo y el respaldo necesarios para arrastrar a su país a una confrontación con los soviéticos, a pocos días de haber asumido tamaña responsabilidad.

Robert Kennedy, en las nuevas realidades, no podía presionar demasiado a Johnson para seguir adelante en la investigación de Ciudad México, y la entonces ya viuda, Jacqueline, no tenía ni siquiera autoridad legal para solicitarlo.

En las tensiones que se vivían en esos días tumultuosos en Estados Unidos nadie estaba para cuestionar una orden presidencial, y así las cosas todo fue derivando a la Comisión Warren, que debió efectuar la investigación oficial del asesinato sin tener en sus manos evidencias de capital importancia, que podían haber modificado sustancialmente sus conclusiones.

Cuando años después se realizó en Estados Unidos una investigación congresional independiente sobre el tema, la falta de las mismas evidencias capitales no permitió acercarse sustantivamente a las hipótesis sostenidas en “Cita con la Muerte” y hasta existe el criterio de que otras evidencias sustanciales no fueron tomadas en cuenta.

Visto así, todo parece indicar que las claves para desentrañar el misterio pueden yacer en el Archivo General de la Nación, en México, y que el servicio de inteligencia mexicano podría contribuir a desentrañar muchos enigmas. Según Wilfried Huismann, director de “Cita con la Muerte”, solo pudo ver una pequeña parte de la información de los archivos de inteligencia, y muchas interrogantes quedaron en el aire.

Los mexicanos sabían de los contactos de Oswald con los servicios cubanos en Ciudad México, y hasta indican que los cubanos ayudaron al futuro asesino entregándole seis mil quinientos dólares.

La contra-propaganda cubana, desde siempre, sostiene que Oswald actuó apoyado por fuerzas oscuras norteamericanas y sectores del exilio que aspiraban a eliminar a Kennedy para tener las manos libres para actuar contra Castro.

El guardado General cubano Fabián Escalante publicó un libro anteriormente, donde asegura que fueron varios los que dispararon contra el Presidente, pero cuando el director del documental, Wilfried Huismann, le preguntó directamente en una entrevista quienes fueron esos otros tiradores, su respuesta fue evasiva y no presentó pruebas concretas. Los otros encartados, según la versión de los servicios cubanos, hace rato ya que no están en el mundo de los vivos.

Los archivos del FBI, la CIA y la KGB que ya han sido desclasificados no aportan toda la información necesaria, y consultar los de Cuba es impensable ahora. El Archivo General de la Nación mexicana puede ser la clave de las claves.

Eso lo sabían los servicios cubanos desde hace más de cuarenta años: que los archivos mexicanos contenían dinamita informativa, y que su divulgación podría ser una Caja de Pandora incontenible.

Es absurdo pensar que los servicios cubanos se encomendaran a Dios y a las políticas de privacidad mexicana para que la Caja de Pandora no se abriera. Más en línea con su modus operandi es pensar que la seguridad cubana intentó desmantelar o restar peligro potencial a esos archivos, o parte de ellos, mediante robo de documentos, fuego, soborno, o sustituir originales con expedientes “maquillados”, para cuando llegara el momento en que los registros fueran abiertos.

¿Jugando a James Bond? Claro que no: el servicio de inteligencia que obtuvo para Ana Belén Montes un asiento en la Junta de Análisis de Defensa del Pentágono, o introdujo a “Tania la Guerrillera” en las recepciones oficiales del entonces Presidente de Bolivia, General René Barrientos, habría tenido más de cuarenta y dos años para darle a esos archivos mexicanos un diseño menos dañino a los intereses del gobierno cubano. Si lo consiguió o no, es otra cosa.

El día que salgan completamente a la luz pública esos documentos del Archivo General de la Nación de México habrá muchas revelaciones sensacionales relacionadas con el caso, pero no hay que sorprenderse si puntos extremadamente sensibles aparecen obviados, o si conducen a otras direcciones inocuas, en sentido exactamente inverso al gobierno cubano.

Para llegar a la “verdadera verdad” de todo esto, habrá que esperar a que se abran los archivos de los servicios secretos cubanos cuando desaparezca el régimen, y se puedan confrontar las informaciones que atesora con lo que guardan mexicanos, americanos y soviéticos. Mientras tanto, la especulación y el “quizás” seguirán teniendo un peso decisivo en el análisis.

Aseverar definitivamente que se puede responsabilizar al gobierno cubano y sus servicios secretos con una participación en el asesinato del Presidente Kennedy, con la información de que se dispone actualmente, es temerario, pero exonerarlo con esa misma información que apunta sospechosamente hacia Cuba, también es temerario.

Una investigación histórica definitiva, responsable y seria, no puede nunca basarse en convencimientos, suposiciones y conjeturas, mucho menos si sabemos que documentos vitales reposan en archivos todavía cerrados.

Aunque la evidencia histórica definitiva deja pendientes conclusiones rigurosas, la cruzada de la percepción la ha ido perdiendo el gobierno cubano. En esta “Batalla de Ideas” de alcance internacional la otra parte también habla, pregunta e investiga, y a diferencia de las mesas redondas de la televisión cubana, aquí no valen monólogos de los voceros castristas sin respuestas posibles.

Que sean tantos los que piensen a esta altura que CASTRO ES CAPAZ DE HABERLO HECHO, aunque no haya evidencias definitivas que le incriminen, muestra la valoración ética y moral con que se mide hoy al gobierno cubano y sus servicios secretos.

Algún día se sabrá realmente si Fidel Castro fue casto o no en este asunto: lo haya sido o no, está claro que no parece casto.

Aunque Castro pueda recibir en este instante, en términos legales, el beneficio de la duda mientras no se demuestre culpa, en términos morales es total y absolutamente culpable de no parecer casto en este asunto.

Que no pareciera casta bastó para que Julio César repudiara a Calpurnia, su mujer.


* Eugenio Yáñez es analista, economista y un especialista en la realidad cubana. Ha publicado varios libros y junto a Juan Benemelis es autor de "Secreto de Estado. Las primeras doce horas tras la muerte de Fidel Castro" (Benya Publishers, Miami, mayo de 2005).

Fuente: La Nueva Cuba
Enero 23, 2006