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La violencia en la historia de Cuba.
Por Eugenio Yáñez *


La Habana. Grupos paramilitares de las Brigadas fascistas de Respuesta Rápida del régimen cubano atacan con cabillas de hierro a inermes opositores.

Lo que pudo haber sido una buena noticia sobre la reunión de Octubre 11 en Madrid de veinticuatro organizaciones opositoras en busca de posiciones comunes para avanzar hacia la democratización de Cuba, se estropea con las interpretaciones y comentarios surgidos paralelamente desde el mismo seno de esa reunión, o así al menos se desprende de lo publicado por LA NUEVA CUBA.

Aunque tengo por regla no escribir ningún análisis sobre criterios que personalmente no comparta con organizaciones o personalidades de la disidencia en Cuba, por elemental respeto a su heroico enfrentamiento a la tiranía, lo que he leído en LA NUEVA CUBA me lleva a lanzar públicamente esta opinión.

Ciñéndonos al texto oficial publicado, nada parece desafortunado en el Punto 4:
Apoyamos todas las formas de luchas ciudadanas y políticas que lleven a una transición democrática pacífica y que eviten toda forma de confrontación civil o intervención extranjera. En contraposición a la instigación de enfrentamientos civiles y provocaciones internacionales tradicionalmente auspiciadas por el actual gobierno totalitario de la nación.


Sin embargo, los comentarios alrededor de este punto, como aparecen publicados en LA NUEVA CUBA, crean un escenario diferente: no es lo mismo apoyar las formas de lucha “que eviten toda forma de confrontación civil o intervención extranjera” que “excluir del proceso de transición todo intento de recurrir a la violencia, ya sea en un acto de defensa y como respuesta de militares o civiles”.


Si por violencia se entiende realizar actos terroristas contra la población indefensa, una supuesta invasión militar de Estados Unidos (cantaleta predilecta del régimen cubano durante casi cuarenta y siete años y ahora con su parodia repetida en Venezuela), o un desembarco de exiliados para iniciar la lucha armada, (tema de conversación permanente en lugares de la Calle Ocho, pero sin base real), podríamos estar de acuerdo.


Sin embargo, negar absolutamente como opción válida y legítima una posible respuesta que incluya acciones violentas, militar o civil, o ambas combinadas, a los desmanes y brutalidad del régimen, sea antes o después de la muerte del tirano, es castrar las posibilidades, anhelos y derechos de la población cubana.


Todo criterio llevado al extremo puede transitar en un instante de lo sublime a lo ridículo: si se menciona el ejemplo de Ghandi, se puede responder que los cubanos no somos hindúes; si a Martin Luther King, hay que recordar que los cubanos no enfrentan a la democracia americana, sino al totalitarismo castrista.


La teoría de la violencia no es reciente, ni mucho menos marxista. Ya Tomás de Aquino, quien no peca de revolucionario, señaló hace muchos años el derecho de los pueblos a sublevarse frente a la tiranía. Y ese es el quid en la cuestión de la violencia.


La violencia, por regla general, cuando se ejerce desde el poder y contra los ciudadanos, tiende a ser brutal. La ejercieron griegos, romanos, persas, árabes, mongoles, turcos, españoles, ingleses, franceses, suecos, austro-húngaros, alemanes, italianos, soviéticos, japoneses, chinos, vietnamitas, camboyanos y yugoslavos, entre muchos. Los regímenes totalitarios de Europa Oriental la ejercieron contra sus ciudadanos. El régimen cubano actual, por no quedarse atrás, la ejerció y la ejerce contra los cubanos, y además la implantó en Angola y Etiopía, por mencionar dos ejemplos extranjeros. La ejercieron los sandinistas, Sadam Hussein y Khadafi, y la ejercen actualmente Hugo Chávez y el heredero Kim Jon Il.


La violencia contra los poderes legítimos establecidos, por regla general, proviene de pequeños grupos (“vanguardias”), se encamina contra gobiernos democráticos, y termina afectando a quienes dice representar y defender: ahí tenemos actualmente a ETA, IRA, Sendero Luminoso, FARC, al-Qaida, talibanes, terroristas iraquíes, nepaleses, chechenos, fundamentalistas argelinos, genocidas en Sudán, Rwanda o el Congo, y tantos “Ejércitos de Liberación Nacional”.

La violencia desde el poder implanta la pax romana y distribuye pan y circo, aunque en el totalitarismo cubano, tan sui géneris, el pan no alcanza y el circo está prohibido; la violencia contra el poder legítimo termina casi siempre en genocidio o sangre inútil.

Sin embargo, la violencia popular contra los poderes espurios no es lo mismo, y no se puede pretender comparar toda violencia en un sentido abstracto sin descaracterizar sus motivaciones. Violencia en la historia universal hay en la sublevación de Espartaco, la Revolución americana, la Revolución francesa, la guerra de independencia en América Latina, o el levantamiento del ghetto de Varsovia. No se pueden comparar estas acciones con la destrucción de Cartago, la conquista española en América, la colonización de Argelia, la invasión nazi de Europa, la invasión japonesa del Asia o el aplastamiento de la sublevación húngara por los soviéticos en 1956.
 
No se confunde el cuchillo con el asesino, ni se condena la violencia en abstracto, sino como instrumento en función de un objetivo específico. Cristo sacó a latigazos a los mercaderes del templo. ¿Violencia?

La historia de nuestra Patria, de la que el 10 de Octubre celebramos otro aniversario del inicio de las guerras independentistas (¿violencia?) está repleta de actos heroicos que nos enorgullecen, y que se clasificarían como violentos según estos criterios extremos, desde la quema de Bayamo a la invasión de occidente.


Violentos entonces serían Céspedes, Agramonte, Martí, Maceo, Gómez, Calixto García, y centenares de miles de valientes mambises que combatieron hasta la muerte por nuestra independencia.

Mambises que no vacilaron en recurrir a la violencia y la guerra, porque eran necesarias, y que, a pesar de todas las extraordinarias distorsiones históricas que hemos padecido en tantos años, tampoco rechazaron aquella “intervención extranjera” en 1898 cuando venía a acelerar el fin de una guerra terrible que desangraba a Cuba. (No se me escapa que este último párrafo puede desatar tormentas emocionales, pero su debate puede quedar para un próximo artículo).

En la Cuba que sufre actualmente y donde los cubanos nos desangramos bajo la tiranía o en el destierro, no tiene sentido que ninguna persona honrada y decente pueda desear la violencia, la guerra civil ni la intervención extranjera, y bien que quisiéramos que la solución de la tragedia nacional pudiera encaminarse por rumbos pacíficos.

Sin embargo, no puede decirse lo mismo del régimen y sus adláteres. Ni se permiten ni se van a permitir elecciones libres y democráticas, ni hay voluntad negociadora ni búsqueda de acuerdos nacionales, ni el diálogo se concibe como camino para encontrar soluciones
.
Una iniciativa pacífica como el “Proyecto Varela” (independientemente de la opinión que cada cual pueda tener sobre el mismo), encaminada a buscar caminos y soluciones en el marco de la “legalidad” existente, tuvo la violenta respuesta gubernamental de un “referéndum” risible proclamando la irreversibilidad de la barbarie. La respuesta violenta a la pacífica “Asamblea para Promover la Sociedad Civil” (independientemente de la opinión que cada cual pueda tener sobre la misma) estuvo en la violencia de mítines de repudio y encarcelamientos.

La respuesta gubernamental a los intentos de salidas del país sin autorización estuvo en el hundimiento del remolcador 13 de Marzo, el fusilamiento de tres jóvenes en el 2003, o en el bochorno (gubernamental) del Mariel o las oleadas de balseros lanzados a la furia del mar y los tiburones en el 94. La más reciente respuesta gubernamental a la disidencia y el periodismo independiente estuvo en la violenta “Primavera Negra” que lanzó al poeta y escritor Raúl Rivero y decenas de disidentes pacíficos a penas de cárcel que sumadas sobrepasan mil quinientos años.

La respuesta gubernamental a los rescoldos y asomos de disidencia en las filas militares y de la seguridad fueron los fusilamientos y penas de prisión de generales y altos oficiales en la Causa Número 1 de 1989, el encarcelamiento y equívoca muerte del ex ministro del Interior, y penas de prisión para altos oficiales del Ministerio del Interior y generales en retiro.

Recientemente publicamos “SECRETO DE ESTADO. LAS PRIMERAS DOCE HORAS TRAS LA MUERTE DE FIDEL CASTRO” (Eugenio Yáñez y Juan Benemelis, Benya Publishers, Mayo 2005, Segunda Edición Julio 2005), donde se desarrolla un escenario novelado en el que diferentes grupos de militares van al enfrentamiento armado tras la muerte del tirano y los desacuerdos que surgen sobre el camino a seguir en estas circunstancias: más de lo mismo o reformas): se define como escenario posible en las actuales circunstancias cubanas, aunque no sea el único factible.

En “SECRETO DE ESTADO” se desarrollan una serie de acontecimientos con relación a Estados Unidos, el resto del mundo, la represión de disidentes y el control de las fuerzas armadas y el partido, donde Raúl Castro es un personaje central y la violencia se respira en todas partes. ¿Qué pasaría en el caso posible que Raúl desaparezca físicamente antes que Fidel Castro? ¿Cómo serían esas primeras doce horas tras la muerte del Comandante si no estuviera presente Raúl? ¿Violencia o negociación? ¿Entre quienes? Demasiado complejo para este comentario, merece tratamiento aparte futuro.

Tanto tras la muerte del tirano como en vida de éste está latente la posibilidad de un brote de violencia en Cuba. Una revolución de terciopelo en nuestro país sería maravillosa, pero sucede que no somos checos. La dictadura polaca negoció con “Solidaridad”, la alemana no disparó sobre los que derribaban el Muro de Berlín, y los húngaros fueron a desmantelar el sistema por sí mismos.

En Cuba ni el terciopelo abunda, ni se negocia con la disidencia; se dispara, se reprime, y a nadie en el régimen se le ocurre sugerir siquiera que tal vez cambiando esto o aquello las cosas podrían mejorar, porque nadie sabe incluso que es lo que se pretende realmente. ¿Qué opciones quedan? Lamentablemente, de las naciones comunistas, los más cercanos culturalmente a los latinos son los rumanos, y sabemos como terminó esa historia.

La violencia popular en Cuba puede surgir en cualquier parte y en cualquier momento, por cualquier razón. Una discusión en una guagua, un ciudadano hastiado de mítines de repudio, alguien demasiado frustrado en una cola para conseguir alimentos, cargando cubos de agua, en la consulta vacía porque el médico está para Venezuela, o en otro de los muchos apagones o en una interminable Mesa redonda.

Cuando llegue el terrible momento que el gobierno no se preocupa de evitar, en que la vida sea más temible que la muerte, un maestro de escuela, un tornero, una enfermera, pueden ser el detonante de la violencia. O un militar.

Los generales tienen compromisos históricos y privilegios, culpas y responsabilidades, aunque no todos tienen “las manos manchadas de sangre”, como tanto se repite absurdamente, ni todos son ciegos o tontos. Tal vez no les interese Miami o Madrid, pero tampoco Caracas, Pyonyang o Numancia.

Pero también hay muchos coroneles, tenientes coroneles, mayores, capitanes, al mando de tanques, aviones, cohetería, artillería, tropas, sin esos compromisos históricos y sin esos privilegios, que ven a sus hijos pasando necesidades y a sus esposas sin medicinas, que tienen criterios y opiniones sobre la libertad individual, la economía, y el futuro del país, y que no se verán en determinados momentos obligados a la obediencia ciega de órdenes idiotas o a participar en una masacre de cubanos.

Si ese detonante estallara, o mejor dicho, cuando ese detonante estalle si las cosas no cambian de rumbo, ¿qué debemos hacer los que estamos fuera de Cuba?
¿Quién es madre, padre y partera de la represión y la violencia en Cuba, y lo ha sido por casi cuarenta y siete años? ¿Acaso la población sufrida, la disidencia, los militares descontentos, los presos políticos, las “Damas de Blanco”, los campesinos y artesanos esquilmados y reprimidos, los obreros explotados por extranjeros y por el propio gobierno, las víctimas del apartheid tropical, los que sueñan con “el bombo”, o los miles de aspirantes a balseros?

¿Y acaso tiene sentido decirles a ellos que “eviten toda forma de confrontación civil o intervención extranjera” y que hay que “excluir del proceso de transición todo intento de recurrir a la violencia, ya sea en un acto de defensa y como respuesta de militares o civiles”?

Quienes consideren sensato o conveniente hacerlo, por supuesto que están en todo su derecho a ello: respeto sus opiniones y defiendo su derecho a expresarlas libremente, no los insulto ni los ataco, pero discrepo absolutamente de esas posiciones; no seré yo quien diga algo así a los hermanos cubanos en la Isla.

No porque favorezca la violencia, la guerra civil o cualquier intervención extranjera, sino porque considero inmoral pretender limitarle a los que sufren el yugo, la represión y las miserias en Cuba, ya sean civiles o militares, cualquier opción para liberarse de la tiranía, por el simple hecho de que algunos no las consideren aceptables.

Si no fuera por lo trágico del tema, valdría la pena recordar aquel chiste del circo romano, con el cristiano inmovilizado, encadenado y enterrado hasta el cuello en la arena, tratando de defenderse a mordiscos de los leones hambrientos que se le iban acercando, mientras la plebe enardecida se enfurecía y le gritaba: “tramposo, no se vale morder”.

¡Morder, en ese caso, además de considerarse hacer trampas, era una acción “violenta” por parte de la víctima!


* Eugenio Yáñez es analista, economista y un especialista en la realidad cubana. Ha publicado varios libros y junto a Juan Benemelis es autor de "Secreto de Estado. Las primeras doce horas tras la muerte de Fidel Castro" (Benya Publishers, Miami, mayo de 2005).

Fuente: La Nueva Cuba

Colaboración Miami, Florida
EU.
Octubre 13, 2005