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Gladys Marín
Por Manuel Fuentes Wendling

Gladys Marín y Dolores Ibárruri, unidas en la historia al abrazar una misma causa totalitaria que le ha significado sufrimiento y dolor a muchos pueblos.

Más pena dieron los políticos que la difunta

Que los comunistas de todos los rincones y agujeros del planeta hayan expresado algún sentimiento de congoja por la muerte de Gladys Marín, resulta lógico.

También era natural que se preparasen para su fallecimiento. Lo hicieron muy bien, aprovechando para sus fines propagandísticos y mediáticos nacionales e internacionales hasta el último segundo de vida de la otrora activa líder.

Luego lo hicieron con su funeral, para culminar con el ungimiento de la difunta en una verdadera Pasionaria latinoamericana, pseudónimo que se dio en España a Dolores Ibárruri (1895-1989), la ya olvidada líder comunista que alcanzó, como Gladys en Chile, la Secretaría General de su partido, en 1942, luego de la Guerra Civil y en plena era del tirano José Stalin en la Unión Soviética, donde se exilió.

Los comunistas tienen derecho a rendirle tributo. Es su figura, su líder, su mujer “heroína”, la única mujer que podría destacar, y ahora usar como símbolo, en una corriente ideológica absolutamente machista y en un momento nacional chileno donde el papel de la mujer pareciera ser preponderante en política.

Pero ¿qué le debe el país, y América Latina, a Gladys Marín? ¿Por qué al momento de su muerte su figura debía recibir el homenaje de todos los chilenos y de los Latinoamericanos como se pretendió? ¿Por qué había que sumarse a la fanfarria funeraria comunista?

Todos, absolutamente todos los políticos, como a coro, respondieron a esas preguntas señalando: "Por que fue consecuente con sus ideas". Dio pena verlos y
escucharlos. Sus caras hipócritamente compungidas parecían formar parte de una obra de Moliere.

Fue una verdadera catarsis por la inconsecuencia de quienes así lo afirmaron, incluidos, obviamente los representantes de la Iglesia Católica con Monseñor Francisco Javier Errázuriz a la cabeza, justo en el momento en que el Papa Juan Pablo II denuncia en su libro, lanzado una semana antes de la muerte de la Marín, el genocidio de Ucrania y otras matanzas y persecuciones varias, que afectan a la propia Iglesia y a todas las religiones, y cometidas por la ideología de la difunta, que el Pontífice califica de "ideología del mal".

Para un Ricardo Lagos, ahora presidente de la República, que del estatismo socialista que enseñaba en la universidad mientras vitoreaba a Allende cruzó el océano de las ideologías y llegó al puerto del liberalismo económico, obviamente que es admirable la Marín por su consecuencia; también, para un Jaime Ravinet, hoy Ministro de Defensa, que evolucionó de un posición democristiana proclive al comunismo para convertirse en un profesional destacado de empresas y bancos, otrora "capitalistas " y "explotadores", es natural la admiración por una Marín que casi nació y murió comunista; y, para un José Miguel Insulza, hoy ministro del Interior y candidato a Secretario General de la OEA, pero otrora democratacristiano, luego aliado de la izquierda marxista para romper su colectividad madre y construir el Mapu, y continuar, en un exilio dorado, de enlace con dictaduras como la de Libia o la de Cuba y con el mismo Fidel Castro de hoy, pero hace casi 30 años, es digna de admiración una Marín por su consecuencia. Y para qué seguir con representantes del gobierno o sus parlamentarios.

Y la derecha no quiso ser menos.

Su inconsecuencia fue evidente. Como tantas veces cayó en la trampa tendida por los que sobrevivieron a la difunta, que siempre los odió. Mientras los mismos comunistas, como la consecuente Marín, tienen hoy contra la pared judicial a uno de sus senadores, Sergio Fernández, y amenazan con enjuiciar a los más altos funcionarios del régimen militar, la mayoría militantes de los dos partidos de derecha, los parlamentarios de esta tendencia y sus dirigentes no escatimaron palabras para hablar de lo "consecuente" que fue la fallecida. Son los mismos que han demostrado junto a la derecha económica su inconsecuencia con el gobierno militar bajo cuyo alero, unos, recuperaron sus actuales posiciones políticas y los otros sus fortunas personales. Sólo les faltó, como lo hiciera Ricardo Lagos, cantar la Internacional Comunista, el himno de la ignominia para muchos países de Europa Central y del mundo. ¿Qué habría pasado con ellos, sus profesiones, sus familias, sus empleados, sus empresas si la “consecuente Marín” y su stalinista partido estuviesen instalados en el gobierno desde 1970 cuando llegó al poder Allende?

Pero ¿por qué ideas fue tan consecuente la difunta, que antes de morir fue condecorada por Fidel Castro, el dictador de más larga data en la historia de América Latina y a quien espera un juicio por crímenes contra la Humanidad?

Gladys Marín representó la esencia del comunismo histórico, que arrastra un legado de dictaduras y tiranías que fueron impuestas por la fuerza a partir de la Revolución que llevó a los bolcheviques al poder en 1917 en Rusia, encabezados por Vladimir Lenín.

Gladys Marín representó una ideología que le ha significado al mundo millones de muertos.

Gladys Marín representó una doctrina que oprimió por 75 años a 14 nacionalidades que obligadamente constituyeron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), y a una corriente política internacional, el comunismo, que vulneró sistemáticamente los derechos humanos; que impuso campos de concentración; que literalmente “borró” a sus opositores; que impuso un partido único en cada nación sojuzgada; que asesinó a campesinos y masacró a pueblos enteros; que espió y dividió a las familias y busco imponer la revolución mundial bajo la amenaza de una guerra atómica mientras glorificaba la paz.

Gladys Marín representó a una corriente política histórica cuyos ejemplos vivientes hoy son Cuba, empobrecida y sometida al Partido Comunista y a un dictador, Fidel Castro; Corea del Norte, cuyos cuadros de pobreza recientemente revelados muestran la desnutrición de un pueblo a escala total, mientras sus líderes, comunistas, reconocen poseer el poder nuclear; y, Vietnam, donde 82 millones de seres viven bajo régimen comunista y sometidos a la pobreza.

¿Ese es el ideal por el que luchó de por vida Gladys Marín? ¿Ese era el sistema político que buscaba afanosamente para Chile y América Latina? En buena hora
no logró su cometido.

Entonces, que celebren las exequias sus camaradas que le sobreviven y le sobrevivirán, los Corvalanes, los Teitelboim, los Insunzas, los Teillers, los Fideles Castro, los Chávez y todos quienes seguirán, como lo fue ella, siendo cómplices en la historia de una ideología totalitaria; y que piensan y seguirán pensando como ella; los mismos que siguen defendiendo la “democracia” cubana, o la vietnamita; los mismos que usando el eufemismo de luchar por el pueblo, la verdad es que lo hacen por una régimen policíaco. Es lo que siguen predicando con convicción, aunque con un lenguaje renovado.

Chile, y menos América Latina, nada deben, absolutamente nada, a Gladys Marín. Sólo baste decir, como a todo ser humano: que descanse en paz... porque la Humanidad lo hace también cuando muere una parte del pensamiento comunista.


Cortesía: Ing. Joaquin Mulet.